La crisis política alrededor de la gobernadora de Chihuahua Maru Campos Galván ya no parece centrarse solamente en la polémica por la presencia o coordinación con agencias de seguridad estadounidenses, sino en el desastre de su equipo de comunicación y asesores que ha rodeado el caso.
Mientras primero sostuvo que no tenía conocimiento de agentes extranjeros operando en el estado, después habló de intercambio de información y coordinación institucional, generando un mensaje confuso que abrió espacio a críticas, sospechas y contradicciones públicas. La pregunta política inevitable es ¿quién la está asesorando? porque si el objetivo era bajar la crisis, el resultado ha sido totalmente lo contrario.
En vez de construir una narrativa clara desde el inicio, el manejo ha parecido reactivo, fragmentado y contradictorio. Primero deslindes, luego matices, después entrevistas fallidas como la realizada con el periodista Joaquín López-Dóriga, y finalmente respuestas políticas donde incluso se presenta como “chivo expiatorio” ante Morena. Todo eso puede sonar más a un fracasado control de daños improvisado que a estrategia seria. Y las consecuencias han sido dedastrozas para la imagen de la gobernadora.
En política, las crisis no siempre destruyen por el hecho ocurrido, sino por cómo se comunican. Y ahí parece estar el problema central. Si un gobierno cambia versiones, aclara sobre la marcha o deja dudas sobre quién sabía qué y cuándo lo sabía, la oposición llena rápidamente los vacíos con acusaciones de opacidad o de pérdida de control institucional. El costo no es solo mediático, también erosiona seriamente la credibilidad pública.
Más allá de si hubo responsabilidad legal o no, la percepción política y pública hoy juega muy en contra de Palacio de Gobierno. Si el equipo cercano de la gobernadora Maru Campos creyó que entrevistas aisladas y a modo, desmentidos parciales y mensajes defensivos bastaban para apagar el incendio, el cálculo parece fallido. Porque cuando un tema escala a debate nacional, la improvisación se paga cara y la duda termina ocupando el espacio que deja una explicación incompleta.





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